Episodio 21: Evangelízame

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Catedral de Trujillo, Perú

Semana Santa. Época de la exaltación de la fe cristiana. Donde la devoción y las tradiciones más casposas se mezclan con el folklore, el arte popular y, por supuesto, la hipocresía. El beatismo de cirio y padrenuestro y el ateísmo de túnica y cubrerostros se dan la mano. Costumbres paganas, pseudocatólicas y sectarias conviven bajo el mismo templo y escuchan los mismos sermones. Al menos así es como se vive esta festividad en España y sobre todo en Andalucía. Aunque a buen seguro que al otro lado del Atlántico se celebra la semana de pasión con mayor fe y convicción que por estos lares.

Y es que la evangelización de las Américas hincó sus raíces muy profundamente en la población indígena. Hasta tal punto que los evangelizados llevan hoy con más devoción que los evangelizadores unas creencias impuestas a sangre y fuego por el imperio español. Lejos quedan aquellos tiempos incaicos y preincaicos, donde los dioses habitaban en la naturaleza. Del panteísmo se pasó al catolicismo. La pachamama (Madre Tierra) se sustituyó por la Virgen María. Los templos en honor al dios Sol o la Luna se tornaron, previa destrucción de Pizarro y compañía, en iglesias y catedrales. Biblia y crucifijo en mano, la labor de evangelización de los conquistadores fue tremenda y dio frutos.

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Dijo hace poco el presidente de RTVE que “España nunca fue colonizadora, fue evangelizadora y civilizadora”. Curiosa manera de reinventar la historia la del máximo diregente del ente público. Pues si bien es cierto que el contexto histórico de la época era el que era (cruel y sangriento) y que los españoles no debemos (ni podemos) estar constantemente pidiendo disculpas por las barbaridades cometidas por nuestros antepasados, no es menos cierto que colonización hubo y que la conquista fue de todo menos civilizada. Aunque, curiosamente, con el paso del tiempo se fueron perdiendo las colonias, una detrás de otra, pero la religión quedó. La evangelización de los indígenas, tan incivilizados e infieles ellos, fue verdaderamente, junto con la lengua, la mayor huella que dejó en América Latina el imperio español.

Pasearse por Perú es ver constantes muestras de la religiosidad de sus habitantes. Las iglesias están llenas todos los días. Tal es así que mucha gente tiene que seguir la misa desde fuera porque no cabe nadie más en el templo. Catedrales por cierto que abundan en cantidad y cuya riqueza poco tiene que envidiarle a las de España: tallas de gran calidad, frisos impresionantes, altares donde abunda el lujo y la ostentación, cúpulas grandiosas, retablos espectaculares, etc. No en vano, la evangelización también llegó a través del arte, una de las formas más sutiles e inteligentes de persuasión. Hay un museo en Cuzco donde se habla de esto, y la escuela cusqueña, con una exquista obra pictórica realizada por indígenas y mestizos, es una gran prueba de esta influencia.

En Perú, toda Plaza de Armas (plaza mayor o principal de la ciudad) que se precie de serlo tiene que tener una catedral. Y otras plazas secundarias albergan otras iglesias de menor tamaño. La gente, cuando pasa delante del templo, se persigna. Pero la religiosidad va más allá de la ‘casa de dios’ e inunda otros ámbitos de la vida pública. Desde autobuses llenos de imágenes de cristos, vírgenes o santos, y mensajes que pueden dar hasta miedo, pasando por vehículos propios cuyo segundo motor es la fe católica, hasta establecimientos que venden la religiosidad a granel, entre comida, artesanía y souvenirs varios.

Pero donde el catolicismo extiende sus tentáculos con más adoctrinamiento y desvergüenza es en la enseñanza. En los colegios públicos la religión no se limita a una asignatura con muchas horas lectivas. También se rezan oraciones y se escuchan sermones a diario dentro y fuera de las aulas, participan de ella alumnos y profesores en todas las ceremonias del centro, o incluso los estudiantes que se graduan tienen una misa de promoción. Algo que más recuerda al nacionalcatolicismo de la España franquista que al siglo XXI.

Parece que al sembrar la semilla católica en una tierra tan fértil como la peruana, la planta ha germinado bien y dado mejores y más devotos frutos que su versión original, que en España va perdiendo adeptos por momentos. Tal vez, como insinúa el presidente de RTVE, la evangelización fue algo loable, y al fin y al cabo los indios nativos lo necesitaban, tan incivilizados y faltos de fe como estaban. Aunque, paradógicamente, por muchos rezos que hagan, los pobres de América lo siguen siendo. No hay más que ver que ni las oraciones sacan de las favelas a los brasileños más devotos ni han impedido las inundaciones en el Perú.

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